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En la tierra donde las águilas devoran serpientes había una vez una maestra que algunos veían como la peor señora de México, pero que era en realidad la mejor señora del mundo. Era guapa como líder sindical, manejaba con limpieza las cuotas de sus agremiados y tenía dos pómulos saltones y amenazantes que enamoraban a la gente.

 

A los millones de niños que debía educar, les sonreía si sacaban pésimas calificaciones en la escuela o si sacaban de plano ceros. Los convencía de que su idea de la educación era la mejor, tanto si lograban el último lugar en el mundo en español como si el penúltimo en matemáticas.

Presidentitos y presidentotes le hacían piojito en su linda cabellera porque les conseguía votos o auditorios que los colmaran de aplausos como si paladines fueran. Lo mismo sucedía con los generales del ejército y los senadores, con los secretarios de estado y los maestros, con el procurador de justicia y la señora que vende los tamales. A pesar de que tenía unas garras de dinosaurio muy vistosas, todos la veían con admiración porque sabía imponer los criterios educativos que su pleitocénica mente le dictaba.

Aunque sólo premiaba a unos cuantos maestros con camionetas Hummer del año, con un diputado al volante, todos sabían que su gesto era simbólico, pues lo cierto es que llevaba en el corazón a todos y cada uno de sus sindicalizados. Tanta bondad emanaba de ella que hasta creó un nuevo partido comprometido con el futuro del país. Haciendo a un lado sus múltiples actividades, demostró su espíritu magisterial al enseñar cómo embarazar urnas, inventar votos y ser oradores convincentes.

Y tan amorosa era que casi pudo colocar a todos los miembros de su familia en cargos influyentes, luego de haberse ungido a sí misma como lidereza histórica, vitalicia y omnipresente.

Era una señora hermosa, buena, caritativa, dulce, generosa, la más agraciada de todas, la mejor mujer del mundo.

Hasta que un día los habitantes de su país se hartaron de tanta belleza y bondad, y le pidieron que descansara un poco en su mansión de San Diego. Mientras ella tomaba el sol, todos los niños planearon cómo hacerla enojar para conocer un nuevo rostro suyo, más humano, menos tierno. Entonces, se dedicaron a comer cuanto chuchuluco vendieran fuera y dentro de las escuelas: papitas, gansitos, paletones, chocoletas, malvaviscos, refrescos de cola y grandes cantidades de frituras y harinas.

A su regreso se encontró con un ejército de chamacos panzones y con los cachetes inflados. Tal fue su grata sorpresa que ella misma se encargó de que las escuelas otorgaran una hora diaria al consumo de chatarra de todos los sabores y para todos los gustos. Su Reforma para una Alimentación Prediabética (integrada al Programa Alimenticio Nacional, PAN, por sus siglas) fue aprobada por más de la mitad del Honorable Congreso de la Unión.

Fue así como el país de las águilas que devoran serpientes añadió a la lista de sus héroes un nuevo nombre: ¡Viva la mejor señora del mundo!

 

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Patricio Ortiz

Cuatro entidades de la República mantienen una disputa por su origen: Veracruz, Puebla, Sinaloa y el Distrito Federal. En Veracruz se deslindan de cualquier responsabilidad; en Puebla, que nunca lo han visto, en Sinaloa hasta los capos del narco niegan conocerlo; y en el DF sólo contados habitantes del barrio bravo de Tepito aceptan tener algún vínculo con él.

A pesar de que sus padres vivían en un pequeño poblado de la mixteca, Patricio nació en la ciudad de México en la navidad de 1965 (días después de nacido se reunió con ellos en ese bello rincón del interior de la República).

Estudió la licenciatura en monitos en la primaria Arabia Saudita (sospechoso), la maestría en caricatura en la secundaria David Alfaro Siqueiros (más sospechoso aún), el doctorado en historietas en el CCH sur y el post doctorado en humor gráfico en la Escuela Nacional de Artes Plásticas y en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.

Poseedor de un espíritu nómada y aventurero, emprendió un largo viaje por Norteamérica, o lo que él pensaba que era Norteamérica: el estado de Puebla. Ahí se estableció en la bella ciudad de Cholula y trabajó como pinche de cocina, aunque otras versiones apuntan más bien a que trabajó muy pinche en una cocina.

Luego de ser despedido del restaurante "La semita Feliz", pasó a engrosar las filas del desempleo, hasta que conoció y recibió las enseñanzas de don Rafael Barajas, alias El Fisgón, quien lo inició en las intrincadas artes del moneo, profesión a la que dedica su tiempo y esfuerzo desde hace más de 25 años.

A temprana edad se instaló en el incomparable estado de Veracruz, desde donde manda sus monos a todas partes y en donde intenta sobrevivir junto con otros siete millones de compatriotas. Por una confusión en el veredicto del jurado, se hizo acreedor del premio nacional de periodismo 2011, en la categoría de caricatura política, al lado del paisano suyo, Helioflores.

Actualmente es zapatista –habitante de Emiliano Zapata, Veracruz– y dirige un grupo separatista veracruzano, el Partido Integrista Jarocho, (PIJA) que busca separar al estado de la Federación e integrarlo a Suiza, Francia, Noruega, o cualquier nación del primer mundo que acepte hacerse cargo de nosotros y llene nuestras vidas de lujo y confort.

José Jorge García Hernández

 

Nació el 9 de noviembre de 1965 en Nopala, Hidalgo, y también en el Distrito Federal. Este hecho inexplicable provoca en él una grave disociación de la personalidad que lo llevará, con el paso del tiempo, a convertirse en dos personas distintas: Jorge García y José Hernández.

Jorge García realiza sus estudios primarios encerrado en el baño de su casa, donde conoce las obras completas de la literatura universal. Esto fomenta un inicial deseo por dedicarse a la actuación. Es además precursor del proyecto educativo más ambicioso de la historia: instalar bibliotecas públicas en los baños privados y viceversa. Debuta como actor de teatro callejero a los 18 años, representando el papel de un estudiante del CCH Vallejo que decide inscribirse en la licenciatura en Artes Visuales, teniendo como escenario la Escuela Nacional de Artes Plásticas.

La obra tiene una duración de cuatro años, según el plan de estudios, y al cumplirse este plazo, se ve insatisfecho con la altísima demanda de anuncios laborales del Aviso Oportuno que solicitan artistas de pintura. Su vida da otro giro, pues movido por su verdadera vocación, José Hernández lo inscribe en las Academias Patria en la carrera de Técnico en Mecánica Dental. Por error asiste cinco años al edificio de junto, que resulta ser el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos de la UNAM, el CUEC, donde termina la carrera de cineasta gracias a su talento para preparar las prótesis dentales de sus maestros. En el CUEC, al graduarse como director de cine y guionista, se jubila con todo éxito. Desde entonces no ha vuelto a filmar absolutamente nada, cosa que la industria cinematográfica del país agradece enormemente.

Por el año de 1994 se da cuenta de que leva diez años publicando caricatura de retrato e ilustración, bajo el nombre de “Hernández” a secas, (una tercera personalidad insondable hasta entonces) tanto en semanarios como en periódicos de circulación nacional, y comienza una loca carrera como caricaturista político. Comenzó a perpetrar sus monerías en las páginas de la revista Mira, en el periódico La Jornada, Nexos, Intermedios, Encuentro, Punto, El Nacional, Etcétera, Lapiztola, Al tiro, El Chahuistle, y el Chamuco, de la que fue codirector.

En el año 2000 Federico Arreola lo invita a Milenio Diario, donde publicó junto con Helguera la sección ilustrada Mileño, en la revista Milenio Semanal y que mudó sus guiños a la revista Proceso, un par de semanas después de que Hernández dejara el diario Milenio como cartonista y pasara oficialmente a ser parte del escuadrón de la muerte en La Jornada. En el 2001, debido a un lamentable error atribuido a la inexperiencia del gobierno foxista, recibe el Premio Nacional de Periodismo, afortunadamente no de manos de Fox, sino del Secretario de Gobernación, lo cual contribuye a un ambiente de sospechosismo que continúa hasta la fecha. Actualmente se desempeña como catedrático universitario impartiendo un postdoctorado de Migajón artístico y pintura de figuritas de porcelana.

Antonio Helguera Martínez

 

Nació desde muy pequeño en el Distrito Federal, para ser exactos el 8 de Noviembre de 1965.

Heredó los pinceles de su padre y en vez de hacer lo que dice el refrán, pintó las paredes de la casa materna hasta que lo inscribieron en los Talleres de Iniciación Artística del DIF.

Ahí estudio, además de dibujo, danza folklórica, declamación y grabado en cassette. Dueño de un temperamento explosivo, fue expulsado repetidamente de varias escuelas, hasta que por fin encontró un centro educativo en el que permanecería durante toda su etapa formativa: el billar La Carambola de Tres Bandas, en el primer cuadro de la Ciudad de México.

Rechazó la carrera de Derecho que algún día pensó cursar. En los ratos que le dejaba libre el billar, Toño visitaba las pulquerías y las cantinas de los barrios mas bajos, en cuyos baños realizó memorables murales y escribió notables poesías que no citaremos para no herir la modestia del biografiado.

Hartos de que también a ellos les rayara las paredes, los dueños de los establecimientos antes mencionados se cooperaron para inscribir al joven talento en la Escuela de Pintura y Escultura La Esmeralda. Actualmente, además de ser un maestro en agarrar el taco, domina también el tiro de dardos, el cubilete y la carambola de bolsillo.

De sus palabras en otra entrevista rescatamos una declaración escalofriante: Sucedió en 1983 “armé una carpetita de dibujos malísimos y fui a El Día, me dieron trabajo no sé por qué y empecé a publicar en ese diario. Antes ya conocía a (Gonzalo) Rocha, quien junto con Sergio Arau tenían un taller de grabado. Empecé a ir y allí me acerqué a Magú, a El Fisgón, a Ahumada y a Feggo.

Recuerdo una vez por 1984 que El Fisgón dio un taller muy documentado con la historia de la caricatura en el mundo y analizaba los mecanismos del humor. Fue lo más cercano que tuve a una escuela”.

En 1996, por razones inexplicables, le otorgaron el Premio Nacional de Periodismo. Este raro acontecimiento se repitió en el año 2002. Cartonista de La Jornada desde 1985; considera su etapa de formación esos primeros años, porque trabajaba físicamente junto con todo el grupo. Co-dirigió, junto con Rius, El Fisgón y Patricio “la tres veces H” revista catorcenal El Chahuistle, y asimismo El Chamuco. Durante cinco años publicó sus monos junto a Hernández en la sección Mileño de la revista Milenio Semanal, página doble que se mudó a una sola colaboración en 2004 hasta atrás de la revista Proceso con el título de Monosapiens.

Cuando está de buenas, sigue colaborando en las páginas de El Chamuco. 

 

 

Rafael Barajas Durán, El Fisgón

Nació en la ciudad de México en 1956. Como se tituló como arquitecto en la UNAM en 1978, se dedicó a hacer caricatura política desde 1979. Ha trabajado como editorialista gráfico en los diarios Unomásuno (1980-1984) y La Jornada (1984-2011). Ganó el Premio Nacional de Periodismo en 1999 y fue becario de la fundación Guggenheim entre 2002 y 2003.

Ha publicado numerosos libros-historieta, como Me lleva el TLC (1993), Cómo triunfar en la globalización (2005, este título que también se publicó en España, Japón y Estados Unidos) y de Felipe de Jesús, el Pequeño (2010). En colaboración con Antonio Helguera publicó El Sexenio me da risa (1994) y El Sexenio ya no me da risa (1995); junto con Helguera y José Hernández publicó El sexenio me da pena (2000) y El sexenio se me hace chiquito (2003).

Es autor de varios libros de historia de la caricatura mexicana; entre ellos: La historia de un país en caricatura (2000), El país de El Ahuizote (2005), El país del Llorón de Icamole (2007) y Posada, Mito y Mitote. Fue cofundador y codirector, con Rius y Helguera, de la revista de sátira política El Chahuistle. Actualmente codirige la segunda época de El Chamuco con Helguera, Patricio y Hernández.

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