Editorial 312

Publicado el 25 Septiembre 2014
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¡Ah, qué dura es siempre la dictadura, y qué paroxismo trae consigo el autoritarismo! (nosotros que ni a nuestra mamá le queremos hacer caso).

Y es que históricamente, desde la conquista pue'que sea, en Mexicalpán de las Tunas, o sea aquí, siempre que ha hecho falta, imponer una forma de gobierno en cualquiera de sus presentaciones, luego luego se deja venir el coscorrón, o la nalgada con mano mojada, o el balazo con bala de goma, o que sacan una goma y te borran... etc.

Los sistemas dictatoriales que generalmente operan bajo la figura de un solo hombre qué, por lo general es un General que se empotra en el poder por unas cuantas décadas, encontraron en nuestro país una modalidad ingeniosa y singular en aquellos tiempos en que gobernaba el PRI... (ah, perdón, nos avisan que ya está gobernando otra vez), la llamada dictadura perfecta, que consistía -entre otras virtudes- en el relevo sexenal, y que es "perfecta" porque mantiene la mascarada de la democracia y, está demostrado, resulta de muuuucho más larga duración que otras dictaduras individuales. 

Las otras virtudes descansan en los modos de aplicación de la autoridad y de las políticas de gobierno bajo el amparo de la ley de Herodes: "te resignas o te resignas", muy semejantes al resto de las dictaduras, pero eso sí, siempre muy risueña.

Y si el viejo PRI puede anotarse esa categoría en el diccionario del autoritarismo, el PAN nunca ha hecho mal los quesos, como se mira en algunos de los artículos publicados en este y otros números. Aunque entre ambos partidos media un par de diferencias: el blanquiazul sólo alcanzó un relevo desobediente, y ellos son más germanos. 

Y mientras algunos aseguran que las dictaduras son cosa del pasado, no hay mas que ver cómo el sistema neoliberal en el mundo entero, no es otra cosa que una dictadura capitalista con una enorme cara de payaso que flota entre nubes de color, que huele a dinero con hamburguesa y perjúmenes Chanel, que por las noches saca el mazo y batea de hit toda cosa que pueda desentonar en su tan colorido ambiente, y dice la leyenda que cuando el payaso ve que ya nadie lo quiere se pone bien Mussolini...

El otro día por ejemplo, unos niños se encontraron al payaso allá en el zócalo, y se les quedó mirando muy feo... por decirlo de alguna manera, nada más.