Editorial 340

Publicado el 22 Octubre 2015
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El país llega a su fiesta cumbre, a la que debería ser su fiesta nacional: el día de muertos. Nos hacemos a la idea de que el olor a incienso no proviene del expediente de la PGR sobre Ayotzinapa, que está soltando un hijito de humo impregnado de tufillo, ni de la fricción del proyector de cine, que está tratando de perpetuar una verdad histórica sobre aquella noche fatídica. 

Si la Catrina nos lo permite, perpetramos esta edición tradicional de calaveras, en un afán de no sonar redundantes, sino propositivos.