Editorial 348

Publicado el 12 Febrero 2016
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La más reciente y temida enfermedad proyecta su sombra por todo el mundo, pero se sabe que en México este flagelo ya era viejo. Atacó desde siempre a aquellos que vivían en la intemperie, que tenían lo menos para taparse, que perdieron todo en la gran devaluación… a los que no eran priistas, pues.

Esa gente, que con desespero dedica todos sus esfuerzos y salario miserable a buscar una cura para su mal, se entera de la verdad, a través de un amigable mensaje de los monaguillos televisados: el ISSSTE o el IMSS o la clínica más pazguata que esté cerca, están cerrados, pues la salud se privatizó por algunos días para que EL PAPA pudiera transitar por la pasarela que le diseñaron, para que no vea la hemorragia en la que vive México y no se vomite.

 Pero lo peor del caso es que este mal no tiene una cura. El neoliberalismo –el mal del que hablamos- es resistente a cualquier vacuna porque las farmacéuticas están de su lado. Así que encomiéndese a San Valentín, y a comer y a chupar, que el mundo se va a acabar.