Editorial 198

Publicado el 05 Julio 2010
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Adicto no nada más al alcohol, sino también a la sangre, el enfermo que se sienta en la silla presidencial es uno de los peores genocidas contemporáneos. Mucho peor que Díaz Ordaz y muy similar a Slovodan Milosevic.

En tres años de gobierno y de la supuesta “guerra contra el crimen”, van más de 22 mil muertos. Entre ellos hay de todo: narcotraficantes, militares, policías y “daños colaterales” (o víctimas inocentes, como también se les conoce).

A pesar del discurso clasista y de odio, que festeja cada que un delincuente muere o que duda de la inocencia de las víctimas civiles, ninguno de esos más de 22 mil mexicanos merecía morir.

Muchos de ellos eran jóvenes que, efectivamente, se involucraron en actividades ilícitas, buscando las oportunidades que el país, simple y sencillamente les negó para ganarse la vida dignamente y salir de la miseria.

Otros eran niños que viajaban con sus familias y pasaron por un retén de soldados intoxicados por las mismas sustancias que supuestamente combaten. Otros más eran militares o policías enviados a pelear una guerra imposible de ganar.

Sus muertes sólo han servido para una cosa: fortalecer a un presidente políticamente débil que perdió la elección de 2006, la de 2009 y que perderá todas las de 2010 con todo y sus aliados.

 

Editorial 197

Publicado el 16 Mayo 2010
Visto: 676

Después de calificar a Calderón como “ingenuo” por su guerrita contra el narcotráfico, el maestro Sabina fue invitado a un ágape en Los Pinos.

 

 

 

 

Dicen que después de las viandas y los vinos, ambos cantaron rolas como “Llegó borracho el borracho” (a pesar de que Calderón ya estaba ahí) y otras.

Al salir, dijo el español a los periodistas: “el ingenuo era yo”.

Así que una de dos: o los 110 millones de mexicanos nos volvemos alcohólicos para entrar en sintonía con el señor Calderón y darnos cuenta, de una vez por todas, de que su gobierno es extraordinario; o deja él la peda.


Claro que es más viable la primera opción.


 

Editorial 196

Publicado el 12 Abril 2010
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Editorial 190

Publicado el 19 Marzo 2010
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Editorial 191

Publicado el 19 Marzo 2010
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Editorial 192

Publicado el 19 Marzo 2010
Visto: 694

 

 

 

 

 

Cuando Salvador Cabañas, futbolista del equipo de Televisa, fue víctima de un intento de ejecución en un bar, Chapelén, o sea, el enano, de inmediato condenó el hecho, prometió al presidente de Paraguay –de donde es oriundo el tal Cabañas— que resolvería el asunto (a pesar de que es del fuero común y no federal) y hasta se comunicó con la esposa de la víctima.

Cuando ejecutaron a 16 muchachos en Juárez en una fiesta, se tardó 48 horas en expresar una condena al hecho y se dio el lujo de insinuar que los chavos se lo merecían, cuando dijo que se trató de “un ajuste de cuentas entre bandas rivales”.

Obviamente, en este país no es lo mismo ser una víctima VIP que ser una víctima cualquiera. Y desde luego, no es lo mismo ser cualquier hijo de vecina que ser empleado de Azcárraga, séase futbolista del América o presidente panista.

Por cierto: el diario La Opinión, de Los Ángeles, publicó que el susodicho Cabañas debía mucho dinero al narco.

Claro que eso no lo vamos a escuchar en ningún noticiero de Televisa.

 

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